viernes, 8 de marzo de 2013


Una resplandeciente residencia en la palabra


Diez cuentos un verano inolvidable (Hijos de la lluvia, 2013), es el último libro de Chano Padilla. El escritor Darwin Bedoya, señala en el prólogo: “Diez cuentos un verano inolvidable, deslizándose entre las memorias, la crónica y el relato de viaje, tienen en común el tono de un autor que ha elegido escribir una etapa dolorosa de su vida. Estos textos breves evocan tanto lo público como lo más íntimo. Estos son episodios de las vidas de un solo personaje que a la vez es varios personajes y que por ello constituyen una escritura de la experiencia y que, al mismo tiempo, muestra una época y un imaginario, sobrepasa estos parámetros en tanto recorre temas permanentes a través del recuerdo de deseos, frustraciones, amores amistades. La sapiencia de Padilla se evidencia en estos textos donde los ámbitos  en que se mueven los protagonistas, sus diálogos, las voces narrativas, construyen imágenes certeras, dotadas de esa especial sutileza y precisión que ya caracteriza su estilo y de lo que nos habla ahora con estas páginas, de la perpetuidad: una resplandeciente residencia en la palabra”. Aquí un cuento del libro.
 


A bailar, morenos ¡carajo!
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Feliciano Padilla

  
Al año que viene volveré a bailar por ti,
                                                                       al año que viene volveré a soñar por ti,
                                                                       suenan las matracas  de este pobre corazón
                                                                       linda morenita idilio de mi amor (…)
                                                                       A bailar, morenos ¡Carajo!

Morenada del Grupo “María Juana” (Bolivia)

 

—Señor, usted es de Ica ¿verdad?— escuché una voz, mientras despertaba de un sueño intenso y prolongado.

—No, no soy de Ica, señorita.

—Pero, digamos de Nazca, Chincha o Cañete.

—No, no. Para nada.

—Bueno, descanse usted todo lo que pueda. Estaremos alerta ante cualquier riesgo. No se preocupe. Mi nombre es Elena y llámeme cuando me necesite.

—Quiero agua, por favor— se lo pedí mostrándole una carita de dame medio.

—No podemos dárselo, señor Villafuerte. Regresaré en una hora y quizá le dé algunas gotas de agua. Siga descansando y trate de dormir— me recalcó aquella dama de mandil verde y tocado o cofia del mismo color.

No sabía aún qué me había pasado. Solo me mataba un cansancio intermitente y pesado. Cerré los ojos, más por intuición que por cumplir las órdenes de la dama del mandil verde. Parece que me dormí y me sumergí en un sueño profundo, porque al rato me asaltaron imágenes muy apreciadas por mí. Lo extraño fue que yo era un moreno vigoroso  y atlético, y dueño de un vozarrón que se escuchaba hasta cien metros a la redonda. Parecía muy ágil, casi sin peso, porque hacía acrobacias espectaculares. Paradójicamente cargaba sobre mi cuerpo una máscara extraordinaria y un  disfraz de perlas de unas dos arrobas de peso.

Mi vestimenta consistía en una chaqueta bordada con pedrería; mi pollerón  bordado, igualmente, de perlas y separado en tres espacios que me llegaban hasta las botas. La máscara cubría toda mi cabeza donde veía una corona plateada, cuya parte superior estaba adornaba de plumas de avestruz de tres colores diferentes. No sé cómo, pero veía que mi máscara y mis ojos eran de gran tamaño. Mis ojos miraban imponentes desde fuera de sus órbitas. Mi nariz era anchísima y; mis labios, muy pronunciados, enormes, y destacaban nítidamente en mi rostro.

Ahora voy adelante junto con mi tropa de danzarines. Detrás alcanzo a ver a las «suegras» y más atrás vienen las hermosísimas «chinas». Las siguen las «palomitas» y; a retaguardia, van los «achachis» y las «figuras»: osos, gorilas, etcétera. Tenemos cuatro bandas bolivianas y ningún danzante se quejaría de no escuchar esta música espléndida que hace vibrar el alma y agitar el cuerpo con tanto vértigo. Los varones danzan recios y marcando el ritmo con matracas de todas las formas, que simulan el rechinar de cadenas arrastradas por los pies de los esclavos y; las «chinas», contoneando la cintura y moviendo las manos como vuelo de gaviotas, toda coquetas y hermosas como solo ellas.

Soy el guía mayor, la voz de mando. Por eso voy adelante. Levanto la mano, toco un pito preventivo y ordeno los cambios de paso y de la coreografía. La armonía de los movimientos, la gracia con que se danza, la alegría increíble que reina en las tropas, todo es maravilloso, bellísimo y; los gritos destemplados del público son apabullantes.

De pronto, mientras levanto la mano y toco el pito para ordenar una coreografía, veo al fondo una luz blanca, destellante. Todos vamos danzando en esa dirección. Cada vez la luz se hace más nítida y más blanca. Una alegría indescriptible retumba en mi corazón. Sigo danzando como nunca lo había hecho. La luz aquella se torna en una imagen conocida. Es el rostro moreno, cobrizo, de una dama que carga un niño en un brazo y lleva una candela en la otra. Arriba, su cabeza está rodeada de una corona de estrellas y, abajo, casi al final de su capa celeste, exhibe una media luna de plata.
Es ella, exclamo. Su imagen es cada vez más radiante. Se diría que me sonríe. Yo también le sonrío y voy a zancos rítmicos hacia su querida presencia, contento, decidido a permanecer por siempre a su lado. Estoy a unos diez metros de ella y siento una felicidad indecible en el alma. De pronto, veo que ella levanta la mano y me hace ademanes de despedida y desaparece, poco a poco, de mi vista. Me pongo triste y no sé qué hacer ni decir. Volteo hacia atrás y no veo a nadie, ni a las «chinas», ni a las «palomitas», ni a las «suegras». Me atrapa con sus tentáculos de desconsuelo, la soledad, mi eterna compañera.
Me sentí tan solo como nunca me había sentido. Quería llorar o morirme de tristeza. En eso las voces consoladoras de las muchachas de los mandiles verdes y tocados del mismo color me despertaron. Me miraron felices cuando les dije ¡hola!, mi primera palabra. Sin embargo, Elena y su colega Karito, para contradecirme, me aseguran que la primera frase que pronuncié fue: A bailar, morenos, ¡carajo!
—Pasamos momentos muy críticos. Ha vuelto usted a la vida después de nueve horas, entre la cirugía y el tiempo de la recuperación— me reveló Karito, sonriéndome con sus dientes blancos y sus ojos negros y grandes.
Si fuera cierto lo que dicen las enfermeras, es probable que, aquí en la clínica, apenas volvía en mí habría repetido las palabras de guapeo de los «María Juana» de Bolivia, cuyas morenadas cantaba a dúo con mi nieto Piero, antes de abandonar la bahía de Puno.

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