martes, 6 de agosto de 2013

CRÓNICA

Lyla

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Luis Pacho
 

 
Entonces, dónde estabas?
Entre qué gentes?
Diciendo qué palabras?
PABLO NERUDA.
 

Pese a que sus ancestros son lampeños, Lyla, nació casualmente y vivió su infancia en Arequipa; pero, su primaria y secundaria la pasó en Lampa e hizo su formación profesional en la ciudad de Puno. Después, como ocurre casi siempre, su vida transcurrió entre los vaivenes y entresijos del tiempo, hasta que la conocí hace algunos años en un colegio del medio rural de Pomata, cuando yo trabajaba en la Ugel. Pero ese detalle se pierde en el tiempo; ese tiempo que también me la puso en el camino que hoy recorremos, a manera de dos furtivas aves que llevan el nombre del uno y el otro. Un día, yo puse el cielo de Pomata en sus manos y ella pintó de rosado mi corazón en Lampa.

       A Pomata le llaman el Balcón filosófico del altiplano. Debe ser por los intelectuales y la forma de su geografía. Yo trabajé en ese pueblito hace ya muchos años. Aquellas veces, a pesar de sus atractivos turísticos, tenía unos contrastes dignos de resaltar. Enormes casas de aspecto colonial con iguales portezuelas de madera maciza circundaban una amplia plaza dividida en cuatro espacios, donde crecían lozanos lirios, dalias, margaritas y otras plantas de jardín. Al centro, una pileta herrumbrosa y seca adornaba con su mutismo arcaico sus pasadizos casi desérticos. Alrededor se apostaban el Municipio, el Banco de la Nación, el Puesto policial y el enorme templo Santiago Apóstol que ostentaba un aire alevoso en medio de esas construcciones diversas. Digamos que eso era el centro; en cambio, en los extremos, las casas no eran sino típicas de la región, de adobe y paja o de adobe y calamina, pocas edificadas con ladrillo y cemento. Sus callecitas adoquinadas recorridas por repentinos riachuelos daban la impresión de ser una arquitectura pretérita, lejos del atisbo de la modernidad. Pero ahora, Pomata luce bella como siempre, con ese toque moderno propio de los tiempos. De modo natural resalta todo ese conglomerado heterogéneo asentado sobre una base pétrea de una inconfundible forma de balcón y con una hermosa vista a las aguas cristalinas del Titicaca. Una muestra es el mirador hacia el lago, construido hace pocos años. En medio de ese aire subliminal con que el pueblo envuelve a sus visitantes, Lyla y yo, recorrimos sus calles, admirando su geografía y descubriendo sus secretos. Corrimos de Kollihuerta a K’uripata, nos elevamos por el Utiraya hasta tocar las nubes que poblaban el cielo azul, para descubrirnos al día siguiente oyendo “Eres” de la cantante española Massiel y pintando nuestras siluetas en ese mismo mirador, viendo las aves del lago parloteando en las orillas y otras perdiéndose en el horizonte. Desde allí contemplamos los pueblos de Yunguyo, Copacabana y ese Apu misterioso, como es el Khapía. Quizás prometimos viajar algún día a la isla del Sol que la veíamos frente a nosotros, mientras me miraba extasiada por la brisa que venía desde el interior. Yo diría que Lyla vino como un sueño, como la brisa misma, como un ave olvidada. ¿O, yo era ese pájaro herido en medio de la lejanía, que ella curaba con sus besos y palabras?

       Tiempo después, me llevó a Lampa, un pueblo tranquilo y apacible, a treinta kilómetros de Juliaca. Cosas de la vida, era la primera vez que la visitaba. Luego de ir al cementerio donde reposan los restos de su abuela, Lyla va a visitar a su tía mal de salud, la razón principal del viaje, y yo me quedo en una de esas calles que me recuerdan los tiempos de la colonia. Ella no tardará más de una hora, pero su ausencia me oprime el corazón. Contemplo embelesado y con cierto temor el templo, también llamado Santiago Apóstol, labrada de piedra andina, donde reposan los restos de Enrique Torres Belón, insigne político puneño. Solo la miro de lejos, antes de irme a la plaza de armas, donde crecen lozanos queñuales, rodeado de hermosas casas de origen colonial. He repasado la historia de Lampa a través del mural pintado en el frontis del municipio, donde se llevara la I Bienal de Arte “Victor Humareda Gallegos” y el II Encuentro de Escritores Peruanos- Lampa 2009, al que no pude asistir. Para distraer el paso del tiempo, me recuesto en una banca, levanto la mirada y veo que la torre del templo se yergue imponente en el cielo azul. Al cabo surcan nubes blancas y la torre parece que viajara con los pajarillos piando en sus recovecos. En silencio evoco a Humareda, que se hizo famoso pintando a Marylin en el Hotel Lima de Lima; pienso en Zacarías Puntaca, componiendo el Huajchapuquito mirando a sus sobrinos huérfanos. Pienso en ese tiempo, cuando el cobre, el estaño y la plata atrajeron a andaluces, extremeños y vizcaínos. Pero el calor hace que me incorpore de la banca para ir por una gaseosa y volver a la plaza Grau y mojarme en el agua que brota de la pileta. Me siento a esperar pacientemente, y de pronto Lyla aparece por una esquina. Sonríe cuando me tiene cerca y me pregunta por las cosas que vi. Me pide que entremos al templo para mostrarme el lugar donde cantaba cuando adolescente formaba parte del coro. Yo le digo que no, que me da miedo, aunque la razón era otra. Entonces me dice que vayamos a almorzar, susurrándome palabras que pintan de rosado mi corazón. En la pequeña pensioncita se oye las canciones de la Estudiantina Lampa que acrece ese sentimiento lampeño mezclado de nostalgia y recuerdo. Esta vez Lyla se sumerge en sus pensamientos y solloza en silencio. Gruesas lágrimas surcan sus mejillas, mientras me esfuerzo por consolarla. Me dice que es la salud de su tía, pero yo sé que es algo más que eso. Es también el recuerdo de su abuela que fue como su madre, porque de su madre mejor no acordarse. A pesar de esa historia dolorosa, a Lyla no le falta una sonrisa, ella es la calma en el vendaval, la palabra precisa en la melancolía. Lo sé, porque un rato después se oye Quien va a lampa cae en la trampa, ese clásico tema musical que identifica a esta tierra. Entonces ella me mira y me sonríe. Su belleza y simpatía, trae ese sol infantil que borra todos los muros que nos separan. Lo cierto es que estábamos lejos, lejos de los ojos del miedo.

       Al cabo, caminamos por las dos plazas, sus calles contiguas y bajamos hacia el río donde me dice que reaprendió a nadar. A lo lejos se oye la música de un matrimonio. La señora de la tienda, al vernos pasar, dice que por su calle también pasan los matrimonios. No terminamos de reírnos, cuando ya estamos en medio de ese puente colonial bañados por ese vientecito que despeina sus cabellos. Mientras miramos las pocas aguas que corren por la temporada, imagino sus años juveniles en Lampa, hasta parece que me mirara desde la distancia. A esas horas, las dos cervezas nos abstraen por momentos, y le digo que me cante Yendo a Lampa… Ella canta. Su voz me acerca al cielo, donde hay una avenida construida para nosotros, esa avenida que nos devuelve el espejo para volver a casa. Pero ¿caí en la trampa? No hay trampa, es una forma sutil para decir que esta tierra y su gente nos acogen con su belleza y su encanto. Dejamos el puente y el río, y me lleva por la Plaza de toros. Aunque soy antitaurino, yo la escucho porque ella funge de guía. En seguida, una amplia avenida nos conduce cerca de la Cárcel de mujeres, que sobrecoge mis sentidos. Recuperamos la calma, y me habla de su infancia, de su colegio, de los amigos que tuvo, las fiestas y anécdotas que vivió, hasta que avistamos el lugar que hace de terminal terrestre. Y ¿la réplica de la Piedad de Miguel Ángel, los Ayarachis, la Casona de la Oca? Será para un próximo viaje, me dice.
       El día se ha ido raudamente. Las primeras sombras de la tarde empiezan a caer lentamente. Sentado en la combi, un ligero sopor adormece mis sentidos. Miro a Lyla, y algo cambia en su rostro. Oigo algunas palabras que me dice siempre, pero ahora es como si el tiempo retrocediera de veras. Tiene menos años, tal vez es el tiempo del instituto, cuando yo paraba concentrado en un balón de básquet como suele decirme. Veo que aparece por la esquina de la plaza, nos perdemos entre los vericuetos de esas callecitas rosadas, toma mis manos y me besa discretamente. A lo lejos, parece que leo un poema, no sé si de Vladimir o Alfredo Herrera. Desde ese lugar del pasado, Lyla, mirándome a los ojos, me dice que algún día nuestros caminos se unirán para siempre, que no importarán las barreras que nos deparará el destino, con tal que nuestros nombres estén grabados en nuestra mente y nuestros corazones.

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